El labrador color canela se llama Churchill y su compañera caniche: Thatcher. Con los nombres de las mascotas uno puede imaginarse el pelaje de los dueños, el casoplón que gastan, las dimensiones de su piscina climatizada o el salario del jardinero paquistaní - ellos prefieren llamarle “Garden Designer”. Todo fue idea de Julia. Unos amigos suyos buscaban un profesional para hacer algunas fotos de los chuchos y ella les pasó mi número. Yo no tengo cámara; se la tuve que pedir prestada a un amigo. Bueno para ser sincero tampoco tengo ni idea de fotografía, pero ha colado. Las primeras fotos salieron movidas, fuera de foco y con el balance de blancos guarrísimo. Estaba perdiendo los nervios intentando comprender el menú de ajustes pero a la dueña no parecía importarle: ella seguía posando, estirando una sonrisa forzada y dándole besitos a su perrita en los morros. Minutos antes, Thatcher se había restregado el hocico por el culo de Churchill. Puse la cámara en modo automático y...
Hola, posho, ¿qué me cuentas? Yo estuve el finde semana en Pau, la gran ciudad, ciudad capital, donde los sueños se cumplen. Y estoy viviendo como un sueño extraño con una chica, tengo una sensación irreal con ella. Verás. Me convencieron los punkis para ir al rocódromo de Pau a escalar. Y la verdad, no había tocado ni una piedra y ya estaba hasta las pelotas de este deporte. Ya en el coche me había probado unos escarpines, los pies de gato, y desde entonces tengo los juanetes cantando zarzuelas. Al entrar al rocódromo, como me veían que estaba en modo plañidera, me invitaron a dejarles en paz y que me fuera a jugar al búlder, un pedrolo enorme de poco más de dos metros de alto, con diferentes vías según la dificultad, agarres y no sé qué, bueno, un puñao de tecnicismos y chorradas que ni idea. Me han dejado a mi aire como en el chiquipark. Ahí estaba yo delante de la piedra esa de corcho pan con mi camiseta de Piperrak y mis brazos enclenques de mantis religiosa cagándom...
¡Hola, recóndito! Ha sido un domingo estranio de lluvia y peña rara así que me ha recordado a una historia que ocurrió en El Muro hace algunos años. No sé si te sonará o habrás oído hablar de esa noche pero te juro que lo que cuentan es verdad porque estuve allí. Llevaba tres días lloviendo sin parar ni para fumar y necesitaba ir al bar: fuera todo era agua y por dentro necesitaba alcohol. Los sábados no solíamos quedar a una hora concreta sino que íbamos apareciendo poco a poco en el sótano del Muro, según nos dejara la resaca del viernes. Seguía lloviendo y las escaleras de la muralla eran un improvisado tutukisplash de ratas y jeringuillas. Cuando entré en el bar, Floren me recibió desde una de las mesas, removiendo un café. - Se ha muerto Chavela Vargas. - Ya lo he visto, una pena. - Espero que no nos dé mala suerte. - Mala suerte, ¿por qué? - A las diez juega el Atleti. Floren volvió la mirada a su café y al papelillo a medio liar...
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