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¡Aquí no hay nada!

¡Nos días, Jodido! Vengo del buzón (que está como a tiro de piedra de mi cuarto) y veo tu carta así que me voy a apalancar y aprovecho y te cuento un poco mi desembarco aquí. Resulta que ayer era sábado así que bajé al pueblo para ir al bar, y no había bar, no había ni pueblo. Literalmente, ¡no hay nada! Yo quería pasar un sábado tranquilo, en el bar, jugando al futbolín. Qué mejor, ¿no? El Gobierno ha estado reclutando a los parados para que vayamos a hacer tareas en el campo y a mí me ha tocado maíz. Ay, los pueblos... Por ahora sólo tengo cerveza caliente. Yo nunca había tenido pueblo. En el colegio era uno de esos niños tristes que se quedan en las ciudades los fines de semana y los puentes, en esos viernes prometedores de migrantes internos regresando al pueblo de sus mayores. Llenar el tiempo, por lo tanto, era una incógnita porque nunca sabías en que puerta te iban a responder o a dejarte colgado. Como Yavhé en Egipto buscando pecadores de casa en casa, secuestrand...